Solo unas cuantas veces al año ocurría aquel escenario: las luces, el ruido, el humo; eran esas noches en que la luna era desterrada de su trono como única regente del cielo.
Eran las 23 horas; se encontraban en la terraza de aquella casa en la que todos se reunían una vez al año, sin importar distancias. Tomaron una bolsa llena de una variedad de objetos sintéticos; cada uno hacía más gala de la creatividad que el anterior. Objetos que buscaban imitar animales e insectos extendían sus llamativos colores y peculiares formas. En letra pequeña y como si fuese una mera formalidad no obligatoria, extendían con discreción las palabras «Cuidado» y «Precaución».
Tomó con su mano uno de los 4 objetos más grandes que esperaban su turno esa noche, lo colocó en una maceta, acercó el fuego…
FFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFhhhhhhhhhhhhhh!!!!!
Amarillo, rojo, colores que ahora eran los nuevos regentes del cielo. Chispas y destellos se adueñaban de la belleza de la noche; ojos expectantes en la tierra veían cómo ese objeto subía, giraba, bailaba en el aire durante un instante, para ceder su existencia y convertirse en un fuerte sonido, una explosión que repartía un espectáculo que evocaba toda clase de emociones: miedo, alegría, sorpresa.
En un segundo, había terminado todo eso y en su lugar quedaba solo una nube blanquecina que subía y se reunía con las demás. Restos de múltiples destellos que esa noche se dejaban ver, celebrando… ¿Navidad? Ese era solo el pretexto; en realidad, cada persona tenía su motivo distinto de celebración, pero todos estaban de acuerdo en compartirlo esa noche.
El frío regresaba después del destello, después de la explosión. Madre noche que corre y te abraza con su manto frío. En la calle ya no sonaban gritos de sorpresa, solo una melodía repetitiva, eran los niños, allá abajo en la calle que decían:
– «¡Más coooohetes, más coooohetes!»
