No tengo la memoria muy clara con lo que respecta a esa época. Tendría quizá ¿8, 9? en definitiva no mas de 10 años. Hacía ya tiempo que mis papás y mi hermano Jahir habíamos estado impartiendo pláticas en un grupo de tintes religiosos (bastante extraño ahora que lo reflexiono a mis 30 años), pero en ese entonces parecía más una aventura divertida donde teníamos que desarrollar pláticas sobre valores familiares. En fin, justo habíamos sido invitados para dar una de esas pláticas al puerto de Acapulco. Me acuerdo que a esa edad y en aquellos años en mi mente “Acapulco” habría sido sinónimo de diversión, de no ser por mi mala experiencia en ese velero de fiesta en el que me la habría pasado toda la velada pegado a la barandilla rogando porque al final del recorrido aún quedara algo en mi estómago. Cuando supe que regresaríamos decidí contener mis expectativas ya que a final de cuentas “íbamos de trabajo” y habría que comportarse a la altura.
El recuerdo es vago, pero sé que cuando llegamos al lugar nos esperaba una familia de 4. Sus apariencias resultaban amistosas. El padre de familia era alto, moreno y chino; su esposa también china, con una gran sonrisa. El volumen que todos usaban era más alto de lo que estaba acostumbrado y no sé, quiza mi mente conservaría mejor el recuerdo si en ese instante no me inundara la angustia por poder conseguir aire fresco. Juraría que podía ver las ondas de calor salir de cualquier objeto a mi alrededor.
Fragmentos de memoria vienen, revolotean y se van sin quedarse lo suficiente para describirlos. Transcurrieron los días de pláticas, no más de 3 puesto que el evento justo se llamaba “fin de semana familiar”. Mi hermano y yo sobrevivíamos el calor como podíamos. En cada pausa y momento libre corríamos a un ventilador que esos días me parecía gigantesco. No miento, recuerdo estar frente a él viendo las letras una por una al centro “LASKO”, una maquinaria ruidosa de color negro que giraba repartiendo bocanadas de vida. OK, quiza exagero, ¿verdad? pero fue mi primer contacto con esas temperaturas. Además, no ayudaba que al término de cada día, al regresar a la casa de la familia anfitriona, nos recibieran con el aire acondicionado a tope. Claro, era algo hermoso de sentir, pero no permitía adaptarse con éxito a las temperaturas locales.
Cuando terminaron las pláticas pensé que regresaríamos a Morelos, pero no fue así. Mi madre sugirió ir a visitar a su tía Artemisa. Accedimos sin problema. Recuerdo que las anécdotas de algunos familiares me parecían remarcables, como la historia del hermano del abuelo que llegó a Acapulco, que comenzó vendiendo chiles para luego tener una gran tienda y al final lograr amasar una respetable cantidad de bienes. No sé, el entusiasmo que me había abandonado en días anteriores llegó y me empujó, y vaya que lo necesitaba, porque esa calle empinada que estábamos escalando para llegar a la casa de “la tía” parecía interminable.
Al fondo de la calle, que proyectaba más bien la imagen de una gran roca, se encontraba una casa blanca. Al centro de ella tenía una puerta metálica como las que se usaban antes, era grande y rectangular, bastante ancha para consistir en dos paneles de metal que se abrían por el medio y que se mantenían firmes en su posición con un pasador que se anclaba al piso cayendo firmemente sobre un agujero hecho en el concreto pulido de la entrada. En la mitad superior de los paneles, la puerta tenía un vidrio esmerilado y ese vidrio era custodiado con herrería que se plasmaba juguetona con formas de círculos y medios círculos. Toda la puerta, en su conjunto, estaba recubierta por una gruesa capa de esmalte blanco brillante. Mi mamá tocó a la puerta, pero no hubo respuesta. Un par de golpes más pero nada, solo se escuchaba el pesado sonido del metal ahogado por la pintura, lo cual te daba esa sensación de que habría capa sobre capa de barniz.
– ¡TÍAAAAA! — gritaba repetidamente mi mamá por las ranuras diminutas que existían en el contorno de la puerta.
– Toda esta caminata para nada, tendremos que regresar y ya es noche — Pensamientos negativos comenzaban a llenar mi mente y es que, seamos sinceros, nunca he sido muy paciente en estos escenarios.
– Iré con mi primo, vive aquí enfrente y seguro él nos podrá dar razón de la tía — Dijo mi mamá ignorando nuestra angustia y estrés y sosteniéndolo con su voz fuerte, una voz que deja en evidencia que sabe sobre nuestro sentir pero lo ignora para que no aumente la angustía del momento. Señaló una casa a unos cuantos metros cuesta abajo. Era una casa muy diferente, sus castillos anchos de color naranja con adornos blancos, ventanas grandes y bien protegidas, definitivamente una construcción mucho más reciente. Apenas mi madre habría emprendido curso hacia aquella casa que, en comparación, parecía un castillo, y mientras la mirábamos caminar a nuestras espaldas nos sorprendió un ruido, parecía que habían dejado caer una decena de cazuelas y cubiertos metálicos justo detrás de aquella puerta blanca o eso creímos antes de girar y enterarnos de que solo era el ruido de alguien quitando “el pasador” de la entrada.
Poco a poco se fue abriendo el panel derecho de la puerta que, en su conjunto, era grande pero al abrirse un solo panel era más bien angosto, tan angosto que solo permitía que entrara un esfume de luz de la calle hacia la oscura casa, hacia la delgada silueta de la mujer, una mujer delgada y bajita, más bien chiquita la cual se proyectaba del otro lado de la puerta.
– ¡Tía! Pensamos que no estabas — dijo mi mamá, y luego de un breve recordatorio, ya saben, el típico “Soy Rosita, la hija de Félix”, fuimos más que bienvenidos a pasar. Lo habríamos hecho todos al mismo tiempo, pero claro, por aquel angosto portal resultaba imposible, uno a uno fuimos pasando mientras golpeábamos torpemente el panel izquierdo de la puerta con nuestras maletas que parecía burlarse de nosotros con aquel golpeteo metálico del pasador inferior rebotando una y otra vez en el concreto.
Pero esa sería la menor de mis preocupaciones en las siguientes horas. Unos segundos antes nos encontrábamos a merced de la vasta noche que comenzaba a caer sobre nosotros, pero ahora, lo que caía sobre nosotros eran más bien los bajos techos que existían al interior. Y es que aquella casa, incluso para mí que era el menor del grupo, parecía simplemente de juguete. Una pequeña casita curiosita de pocas recamaras, pisos de concreto gris oscuro pero que brillaba tanto que daba miedo resbalarse. Las paredes pintadas de un azul celeste con contornos blancos en los marcos de las puertas y ventanas. Ventanas era una forma de decirle a esos diminutos huecos en la pared que parecían estar diseñados como mirillas de submarino. Claro, tenían que ser de ese tamaño para contener la inmensidad que se encontraba al exterior. Luego de una charla y de ponerse al día, la tía nos dejó para tomar una ducha y descansar. Pasamos al cuarto donde pasaríamos la noche y acomodando nuestras cosas por todos lados, repartiendo el espacio de la cama fuimos repartiendo los turnos para tomar un baño, ya acostumbrados a la tenue luz del foco de vidrio que se encontraba colgado al centro con un delgado cable de color negro, pacientes esperamos uno a uno la deseada regadera que se escuchaba al fondo del cuarto detrás de una puerta muy similar a la de la entrada, pero esta era más sencilla, un solo panel de lámina pintada de blanco, con alguna señal de óxido en la parte inferior.
– ¡Mi turno! — exclamé cuando mi papá salió de la regadera, pero me detuvo para advertirme, con preocupación me dijo que tuviese mucho cuidado con no resbalar o golpearme la cabeza. La cabeza, ¿Cómo me voy a golpear la…? Ah, ya veo, y es que claro, en una construcción de este tipo el baño dentro de un cuarto no puede ser logrado de otra forma más que añadiendo un escalón bajo el cual se escondan las instalaciones hidráulicas. Escalón. Bueno, sutil forma de llamarle a esa enorme reducción de espacio, que hacía que el espacio dentro de la regadera se convirtiese en claustrofóbico incluso para el más experimentado buzo. Un baño profundo y mal iluminado que parecía volverse más pequeño al fondo.
Comencé a tomar mi ducha. Resultaba imposible no pensar en lo bajo que estaba el techo y que eso significaba que el foco de luz estaba más bajo aún. Pensamientos que vienen a ti cuando tienes el cuerpo mojado y un cable “cerca”. Quizá solo era la sorpresa del momento, “quizá” lo pienso ahora. “Quizá” no era tan bajita esa casa, a final de cuentas recuerdo que fue un muy agradable y refrescante baño.
Cuando salí, me arrope e incluso podría asegurar que tuve un poco de frío esa noche. A oscuras la plática continuó un rato hasta que la voz de mi mamá nos hizo callar.
– ¡Shhh! ya niños, la noche se hizo para dormir!— y callamos. No fue difícil conciliar el sueño. Al amanecer, puedo recordar un café calientito y galletas María que acompañaban el momento.
Las maletas ya estaban listas, nos despedimos agradeciendo la hospitalidad de manera muy efusiva. Tomamos las maletas y cruzamos nuevamente esa puerta que, esta vez, no era angosta. Se abría de par en par, permitiendo que fuese más fácil ingresar a la inmensidad que nos esperaba afuera. El cielo era alto y enorme, los focos estaban muy por encima de nuestras cabezas en los postes de luz y la calle… bueno, la calle parecía más empinada aún.
Partimos así, caminando torpemente con nuestras maletas a los lados, dejando detrás de nosotros a la tía, a la tía chiquita y su casa chiquita.