Y siempre lo dijo, le gustaba la naturaleza y ver a los caballos libres; en realidad, le gustaba cualquier animal de rancho, pero los equinos le despertaban un especial interés. Cuando era niña, a Verónica le gustaba acompañar a su papá a las montañas a recoger manzanas porque veía a lo lejos a los caballos salvajes correr en los prados verdes.
Cuando creció, tuvo la oportunidad de ir a la universidad en la ciudad. Ahí conoció a Emilio, un joven de otra ciudad que venía de intercambio. Emilio era una persona misteriosa; nadie sabía realmente nada de él, nunca hablaba y era en verdad una persona solitaria. Él estudiaba la carrera de ciencias biológicas y ella diseño industrial. Comenzaron a hablar por casualidad una tarde en la biblioteca cuando Verónica regresó a buscar su termo adornado con stickers de caballos, mismo termo que Emilio había estado contemplando sobre la mesa un buen rato, pues habría pensado que pertenecía a algún conocido de su misma carrera.
Cada día pasaron más tiempo juntos hasta terminar teniendo un noviazgo que duró los siguientes tres años de carrera. No había tarde en que no se quedaran platicando hasta tarde afuera de la universidad. Les gustaba esperar que el tráfico bajara. La camioneta de Emilio no era del todo cómoda, pero cumplía la misión; cada tarde él la llevaba a su casa.
Verónica compartía espacio con dos adultos mayores que contaban con una habitación libre que rentaban por no más de mil doscientos pesos al mes. Estaba muy lejos, pero por ese precio no se podía dejar pasar la oportunidad.
Mientras regresaban y veían los campos junto a la carretera, no había tarde en la que Verónica no platicara sobre su añoranza hacia los caballos. Y no había tarde en la que Emilio no le preguntara sobre su elección de carrera enfocada a algo totalmente diferente a su verdadera pasión.
Uno de esos días, la noche alcanzó su camino debido a que habían pasado a cenar. Eran las 10:30 pm, cuando iban manejando de regreso y mientras entraban a la unidad residencial donde vivía ella, tuvieron una vivencia que solo pudieron describir como «confusa». A la orilla del camino se encontraba un anciano caminando alumbrado únicamente por la luz de la luna. Emilio pasó de largo sin prestar más atención, pero Verónica insistió en que regresaran para ofrecerle raite. Era noche y el camino podía ser peligroso para un señor de su edad. La camioneta hizo alto total, las luces traseras blancas se encendieron y el vehículo comenzó su marcha en reversa.
Su sorpresa fue cuando, al llegar al lugar donde habían visto al anciano, ahora se encontraba un caballo. Un animal como aquel habría sido imposible de ignorar en el primer vistazo. Su pelo brillaba con la luz de la luna y sus patas daban la impresión de que habían estado una eternidad ahí, con una presencia tan fuerte que parecía que el prado, el camino y los árboles habían crecido a su alrededor, teniéndole respeto y habían decidido no crecer cerca de aquel animal.
Los tripulantes del vehículo se miraron uno al otro, y sin decir nada reanudaron su camino. Minutos de silencio se rompieron cuando Verónica dijo, o más bien exclamó:
—¡A mí también me gustaría convertirme en caballo!
El silencio regresó y no dijeron nada el resto del camino.
Al día siguiente, después de clases, ambos bromearon con el tema del «señor caballo», pero las bromas terminaron cuando Emilio dijo:
—En mi casa había un libro, nunca le entendí realmente, pero hablaba sobre cómo convertirse en animal.
Comenzaron entonces a contar historias tenebrosas de sus propios pueblos, esas historias que todos en Latinoamérica conocemos: hombres animales, animales con comportamientos humanos, etc.
Los días continuaron y no volvieron a ver al ahora bautizado «señor caballo». Incluso parecía que solo había sido producto de la imaginación o quizá resultado de los gases que la Tacoma del ’92 de Emilio emanaba.
Semanas después, comenzaron las vacaciones y tanto Verónica como Emilio regresaron a sus pueblos respectivos, pero a él no le resultó un viaje de descanso.
«A mí también me gustaría convertirme en caballo» era la frase que comenzó a repetirse cada vez más en la mente de Emilio. Las pesadillas no lo dejaban descansar y decidió regresar a la ciudad; quizá el ruido y el caos lo ayudarían a distraerse de una u otra forma.
Por su parte, Verónica tampoco había logrado sentirse bien en su casa. Su familia había decidido irse de viaje sin avisarle, y se encontraba sola y aburrida. Cuando se enteró de que Emilio había regresado a la ciudad, decidió seguir sus pasos y regresar; al menos allá tenía su compañía y la de sus caseros, que siempre la procuraban para que su estancia fuese agradable.
Tomó un taxi, llegó a la terminal de autobuses y abordó.
El camión 247 de la línea Interestatal volcó en la carretera 30 minutos después de haber partido de su origen.
La noticia corrió como rayo. Emilio subió a su camioneta, pues estaba enterado de que Verónica se encontraba en ese camión; ella se lo habría dicho durante la llamada que realizó desde una cabina telefónica antes de salir. Se dirigió a toda marcha al hospital más cercano al lugar del siniestro, pues decía la radio que era a donde estaban llevando a los sobrevivientes. Logró verla; se encontraba delicada y los doctores reservaban su pronóstico. Le pidieron que notificara a sus familiares, pues necesitaban realizar papeleo.
Emilio había intentado sin éxito comunicarse con la vacacional familia. Pensó que quizá los caseros de Verónica tendrían alguna información adicional de contacto, así que se subió a la camioneta y fue hacia ellos.
Llegó a su destino, informó a los señores y logró con éxito obtener una dirección en la misma ciudad donde probablemente se encontraría una tía de Verónica.
Cuando iba de salida, el frío recorrió su espalda, sus manos temblaron y la camioneta perdió velocidad ya que su pie dejó de responder. Vio aquel prado donde exactamente hacía un mes el señor caballo había hecho su aparición, pero no lo vio a él; más bien y por un instante que pareció eterno, vio una imagen de esas que duran un parpadeo para luego dejar de existir. Vio a Verónica y ella… lo vio a él; en ese mismo instante, ella habría muerto en el quirófano 2 del hospital regional.
Las semanas siguientes fueron un infierno para Emilio. Dejó la escuela y regresó a su pueblo; no quería saber nada de la ciudad, añoraba la muerte como salida a esa depresión que le había envenenado ya el alma. Fue justo cuando estaba buscando una soga cuando encontró en una caja de la bodega de herramientas una bolsa; de esas bolsas de plástico que son tan viejas que han perdido toda elasticidad y cualquier intento por manipularlas resulta en trocitos de plástico de color sobre la mesa. Y es que justo así le pasó; el contenido de la bolsa se desveló casi de forma inmediata en cuanto intentó manipular el nudo con el que estaba cerrada, encontrando el libro, sí… aquel que estaba lleno de historias de hombres convertidos en animales e instrucciones para lograrlo.
Todo lo que el mundo supo es que Emilio había desaparecido. Algunos pensaron que no habría soportado la tristeza y había muerto; otros creían que más bien había decidido irse a otra ciudad. Lo que sí era un hecho es que nadie nunca más supo de él.
Fue una noche en la que la luna decidió no mostrarse en la que, en aquel prado solitario donde Emilio y Verónica habrían pasado cientos de veces, aquel donde vieron y bromearon sobre aquel señor caballo. Sí, en ese mismo prado aquel día solo existieron dos entidades: una yegua de hermoso color, sin ningún tipo de marca o sello que indicara propiedad, en total libertad y a su lado un pequeño burrito pardo. Pastaron juntos y después se perdieron en la oscuridad de la noche.
Las personas ahora narran historias sobre un burrito que vaga en las madrugadas y una yegua que le sigue, mientras son libres y cómplices invisibles y cuya única evidencia de existencia es el sonido del galopar nocturno.
