Esta historia ocurre hace apenas unos meses, aunque ha dado vueltas en mi cabeza tantas veces que parecería haber sucedido hace una eternidad.
Recorría la carretera en oscuridad, pues daban ya las 10:30 p. m. en el reloj; el camino era oscuro y carente de iluminación. Con lo vacío del camino era difícil saber si manejaba rápido o lento. Miré el velocímetro… 110 km/h. Decidí ir más lento, pues el perro al cual estaba cuidando, al que tenía que dar de comer, no se iba a ir a ningún lado. Se encontraba esperando paciente en el departamento recién adquirido en aquella colina al fondo de la unidad “Hacienda Copala”.
-Bien, esta es mi salida – pensé mientras giraba el volante con sutileza, ya que no existía prisa y siempre me gustó la forma en que los árboles cerraban sus copas marcando un camino que en otras circunstancias sería motivo de terror dada su lúgubre apariencia. Me gustaba imaginar que entraba a otro plano de existencia o en otro régimen temporal donde todo parecía ser más lento, más oscuro pero a la vez más amigable; como una cueva que ofrece refugio solo para quienes ya conocen sus límites. Para alguien más, parecería una tumba esperando a su próximo huésped.
Avancé 100, quizá 150 metros. A la derecha del camino se encontraba una especie de pradera que hacía contraste con lo cerrado de las copas de los árboles que habitaban a la izquierda. De no ser por las luces del auto que alcanzaban a atravesar la espesa penumbra, habría sido imposible distinguir la silueta que esa noche habitaba en ese espacio de campo. Era una figura delgada que se dibujaba con dificultad. El auto avanzó, y la figurilla cobró forma. Era un hombre, un anciano. Se encontraba de espaldas. A pesar de la noche, fue fácil encontrarle forma a su sombrero, un sombrero de paja, que parecía aportarle anonimato como si no quisiera que la luz de la luna encontrara su rostro. El hombre usaba un delgado chaleco de lana. Dudé por un momento que ese delgado abrigo pudiese protegerlo del frío de la noche. Hacía apenas unas cuantas horas que la lluvia se había alejado y las hojas de los árboles y las flores aún lloraban su partida hasta formar charcos.
¡Los charcos! — gritó mi mente, y el tiempo se reanudó. Volteé al frente, recordé que metros más adelante se encontraba un bache que esta noche se escondía bajo la complicidad que le ofrecía el agua que escurría a lo largo de la calle. El carro nunca detuvo su curso, pero algo sí lo hizo, mi corazón.
Alcé la mirada nuevamente como si la silueta de aquel anciano de espaldas me llamase a observarlo una vez más, una última vez. Pero la sorpresa, esa sorpresa tan grande que me dejó sin pensamientos en un segundo, como ráfaga de viento que te ataca y se va robándose el calor de tu alma, no solo se llevó mis pensamientos, también toda valentía que hubiese existido en mí en ese momento. Lo que vi, lo que vi fue muy distinto a lo que apenas hace un segundo había podido describir con total claridad. A mi derecha, sobre el campo, el hombre había desaparecido, lo cual resultaba imposible, pues no existía escondite en ese prado abierto. En su lugar, y levantándose de una forma imponente justo en el mismo sitio donde mi memoria había dejado a aquel anciano, se encontraba un caballo.
Era irreal, un caballo como aquel habría sido imposible de ignorar en el primer vistazo. Su pelo brillaba con la luz de la luna y sus patas daban la impresión de que habían estado una eternidad ahí, con una presencia tan fuerte que parecía que el prado, el camino y los árboles habían crecido a su alrededor y los árboles, teniéndole respeto, habían decidido no crecer cerca de aquel animal. El animal, lejos de parecer sorprendido por el rugir del motor, la potente luz que emanaba del frente o incluso de mi presencia, más bien parecía que… ¿me retaba? ¿o quizá me daba la bienvenida? ¿o quizá no? Quizá me advertía de algo.
Habría detenido la marcha para cuestionarme sobre lo real que era aquello que estaba ocurriendo, pero la sorpresa se había llevado ya mi voluntad y la había escondido más allá del manto del camino, un camino que llegaba a su fin. El vehículo llegó a ese fin, y como un abrazo al final de un largo día encontré mi voluntad, mi valentía y mis pensamientos rodeándome nuevamente, abrigándome y atormentándome. Sin embargo, decidí que no, esa noche no pensaría más sobre lo ocurrido.
Quizá mañana, cuando el sol cubriera todas las dudas, sería una mejor oportunidad para reflexionar sobre aquel hombre y sobre aquel caballo que esa noche parecían haber sido una misma silueta.